lunes, 25 de septiembre de 2017

La mesa quiteña del siglo XIX


La historia de las naciones está conformada no solo por el estudio formal que se hace de los eventos más importantes y sobresalientes, sino que estos se encadenan con otros de menor envergadura y hasta que rozan la cotidianidad, pues en esta última es que radica la verdadera memoria de los pueblos.

Es justamente en este marco que aparece el arte de la mesa quiteña de la que hablaremos en este artículo, particularmente la mesa de la aristocracia que dirigía el país en el siglo XIX, y que como veremos a continuación poco tuvo que envidiarle a la de los más lujoso palacios europeos. Sin embargo, para entenderla en su verdadero contexto abarcaremos el tema desde las mismas bases y no solo el momento de la comida.

La cocina

El área destinada a la cocina estaba ubicada generalmente en la planta baja de las casas quiteñas, o en algún lugar alejado del traspatio, de manera que la actividad que allí tenía lugar rara vez era visto por los invitados. Sin embargo, en algunas ocasiones también se podía encontrar en la llamada planta noble (segundo piso), como sucedía en la casa de Antonio José de Sucre y la Marquesa de Solanda.

El cocinero era un empleado de lujo, pues no había muchos y llegaban a imponer sus condiciones de trabajo. Las familias de clase media-alta tenían una cocinera, pero eran rechazadas y mal vistas por los cocineros de renombre, que consideraban que no sólo sabían cocinar pocos platos sino que, además, llevaban a sus familias que estaban correteando por la cocina y metiendo los dedos en las ollas.

Los ingredientes que se usaban provenían generalmente de las haciendas que las familias poseían en distintas partes del país, aunque existían elementos como las especias, el aceite y los vinos que debían ser traídos desde Europa y eran considerados un verdadero lujo debido a los precios exorbitantes que podían alcanzar. Los primeros enlatados aparecieron casi a finales del siglo y se convirtieron también en un artículo de lujo.

El comedor

Comedor de la Casa M. Augusta Urrutia (fin siglo XIX).
Sorprendentemente la estancia que hoy conocemos como comedor no existió en las casas de ninguna parte del mundo occidental sino hasta el siglo XIX, ya que anteriormente las comidas se hacían sobre mesas pequeñas desmontables o plegables en las salas; de ahí es que deriva el dicho "poner la mesa".

La introducción de este espacio en la vida cotidiana fue influenciado por los Palacios de la monarquía, que llevaban dándose ese lujo desde el sglo XVIII. Los nuevos espacios se distinguían entonces entre el comedor de diario y el de gala, estando el primero cerca de la cocina y el segundo en el área de las salas de gala.

Además de la mesa central, desde mediados de siglo aparecen en el comedor los aparadores, que no son otra cosa que las rinconeras coloniales con una vitrina en la parte superior diseñada para exhibir la costosa y elegante vajilla de la casa. Esta opulencia se logró gracias a la democratización de la orfebrería emprendida por empresas como Christofle.

Un servicio de mesa completo a mediados del siglo XIX podría alcanzar un gran número de piezas, dedicadas tanto al desayuno, el almuerzo, la cena, la merienda y la hora del té (o chocolate en el caso quiteño) de la tarde. Por ejemplo, Napoleón III de Francia le regaló al emperador de Maximilaino de México una vajilla de 4.938 piezas. En esta época comenzaron a aparecer también las copas para los distintos usos, que se colocaban en la mesa de acuerdo a un orden específico.

Las paredes de los comedores, inicialmente desprovistas de adornos, comenzaron a exhibir tapices y cuadros, generalmente con motivos de bodegones y la caza. También había consolas para colocar las fuentes que no cabían en la mesa. El mobiliario solía ser oscuro y en algunos casos las sillas tenían diseños relacionados con la comida, como frutas.

Aparece también el antecomedor, un salón donde entre charlas se esperaba a que comenzara la cena. Mientras tenía lugar la comida, en este mismo espacio se colocaban los calientaplatos desde los que se distribuía a cada comensal su ración. Además, terminada la cena, generalmente se tomaba el café en esta sala.

Los servicios de mesa

Comedor de la Casa de Sucre (inicios del siglo XIX).
Hasta inicios del siglo XIX en Quito se estilaba el servicio de mesa "a la francesa", en el que todas las fuentes se colocaban al mismo tiempo en la mesa y los comensales se servían lo que querían. Sin embargo, y a pesar de que en las casas más acomodadas había calientaplatos, muchas veces la comida se enfriaba con rapidez debido al clima.

El servicio "a la rusa" se impuso en Europa a mediados de siglo, llevado a Francia en 1809 por el príncipe Kouriakin, embajador del zar Alejandro I, pasó a España y de allí se extendió por las colonias de Latinoamérica. En este estilo, los sirvientes traían los distintos platos ya servidos desde la cocina, colocándolos delante de cada comensal y, en algunos casos, se trinchaba la carne en la mesa o una mesa auxiliar y era distribuida entre los invitados.

El servicio a la rusa implicaba que había un menú cerrado y que la comida estaba siempre caliente debido a que se traía directamente desde la cocina, aunque habían fuentes de salsas, ensaladas y algunas guarniciones que podían tomar los invitados a su gusto y se disponían sobre la mesa.

El servicio a la rusa fue el más usado en Quito durante el siglo XIX e inicios del XX, cuando se dio paso al servicio "a la americana", en el que se traen servidos absolutamente todos los elementos (incluidas ensaladas y guarniciones) desde la cocina, y que es el que conocemos y practicamos en la actualidad.

La mesa

Tal como se puede apreciar en el documento que señala los preparativos para la comida ofrecida a Simón Bolívar en Cuenca, en el siglo XIX desaparecieron de las mesas las flores y los adornos exagerados que impedían una conversación fluída entre los comensales. En su lugar se solía colocar un adorno largo y bajo en el centro y otros pequeños (con sedas de colores) en el resto de la mesa.

Los cubiertos se colocaban de acuerdo al servicio de mesa que se usaría, y que como ya se ha dicho fue mayormente a la rusa, en el que se utiliza primero el utensilio que esté más alejado del plato y de allí se avanza hacia adentro.

El plato de base de cada comensal se colocaba antes de que se abriera la mesa, dejando 70 centímetros entre cada puesto, de forma que hubiera sitio para la servidumbre cuando presentaban los platos. La servilleta, siempre de tela pues las de papel aparecieron recién en la segunda mitad del siglo XX, se ponía sobre el plato.

Delante de cada comensal había cuatro copas: primero la de Jerez, después el vaso para el vino de Burdeos, el del agua y finalmente la copa de Champagne. Si se servían más vinos se iban añadiendo más copas, sin diferenciar las copas de vino tinto o blanco.

El momento de la comida

Comedor de la Hcda. Chillo-Jijón (mitad siglo XIX).
Las invitaciones a una comida se podían hacer por escrito u oralmente, en el primer caso se debía contestar en las siguientes 24 horas, y en caso de no aceptar la invitación había que aducir los motivos por los que no se podía asistir.

A la comida se acudía solo unos minutos antes de la hora señalada, jamás con mucha anticipación ya que se dificultaban las actividades de preparación previstas en la casa para el evento. Tampoco se debía llegar tarde, ya que no solo se enfriaba la comida, sino que obligaba a desordenar el servicio servido por los criados y a interrumpir cualquier conversación interesante que se hubiera podido iniciar antes.

Si ya estaban todos los invitados y habían sido presentados en el salón por el anfitrión, se mandaba a anunciar que la comida estaba lista y todos se levantaban para pasar al comedor. Los caballeros iban acompañados siempre por una señora. Una vez sentados a la mesa, no se debía desplegar la servilleta ni comenzar a comer hasta que no lo hiciera el anfitrión o el invitado de honor.

Cada caballero debía atender las necesidades de la señora que tenía a su lado, estando al tanto de su bebida o acercándole los manjares que deseaba tomar, todo ello sin mostrarse pesado. El anfitrión debía estar atento a que sus invitados estuvieran bien atendidos y pasaran un rato agradable, evitando que se entrara en discusiones, animando las conversaciones y estando pendiente en todo momento.

Además, el anfitrión debía cuidar que los brindis que se hicieran tuvieran carácter general y de amistad para evitar problemas entre los invitados si tenían, por ejemplo, interéses políticos distintos. De hecho, durante bastante tiempo los brindis estuvieron mal vistos y no se hacían o aguaban la celebración como sucedió un par de veces con los brindis que solía hacer Simón Bolívar.

En lo que respecta a lo que se servía y los tiempos de la comida, esto se explica en el apartado dedicado al manual de Juan Pablo Sanz, pero a breves rasgos el primer plato solía ser sopa, después carne, aves o pescado y para terminar un exquisito postre hecho con frutas, confituras o pastas.

Sobre los vinos, en general alrededor del mundo se bebía Jerez con la sopa; con los platos fríos, el pescado y las legumbres se recomendaba el Burdeux; con las carnes y aves vino de Borgoña, o Champagne para las segundas.

Después de los postres, que en Quito casi siempre incluían sus afamados helados, todos se retiraban a otra sala (que podía ser el antecomedor si existía en la casa) y se servían café, aprovechando los caballeros el momento para también fumar.

Los invitados debían quedarse como mínimo una hora después de la comida, que si era el almuerzo lo más educado era quedarse toda la tarde. Después de abandonar el comedor y la sala del café solía jugarse a diferentes juegos de cartas, al dominó, o se hacían pequeñas tertulias en grupos.

A los ocho días el invitado hacía lo que se conocía como "visita de digestión", una forma de agradecer la buena comida ofrecida, comentar lo bien que la había pasado, que ya había digerido los magníficos manjares y que estaba listo para una nueva invitación cuando se diera la oportunidad.

La opulencia de las mesas quiteñas

Plato de la primera vajilla presidencial ecuatoriana, ordenada
por Mercedes Jijón (esposa de J.J. Flores) a la Casa Limoges.
Los dos hombres más ricos del país a mediados del siglo XIX eran Manuel Larrea, que de no haber sido abolidos los títulos nobiliarios por Simón Bolívar (1822) habría sido Marqués de San José, y Carlos Aguirre Montúfar, heredero de las tierras y posesiones que un día habían pertenecido a los Marqueses de Selva Alegre. El primero tenía a su disposición servidumbre y cocineros franceses, un lujo que pocos podían darse en aquella época; mientras que el segundo era considerado el mejor anfitrión de la ciudad.

Tres servicios eran comunes en las mesas capitalinas más elegantes de la época: el primero constaba de un puchero, popularizado en España por la reina Isabel II como "olla podrida" y que contenía ingredientes de todo el país que gobernaba; el segundo eran carnes asadas de caza o de animales domésticos; y el tercero que contenía una diversidad de dulces y los conocidos helados quiteños.

De los poquísimos documentos que hablan de los banquetes ofrecidos tras la Independencia se entiende que en el primer cuarto del siglo XIX la mayor parte de casas criollas poseían vajilla de plata o losa (estas últimas probablemente de la famosa fábrica de Quito), es decir que aún no se popularizaban las vajillas de porcelana. También se mencionan cristalería de varios tipos, cucharas y tenedores de plata, pero no se habla en lo absoluto de cuchillos, dejando notar que su uso aún no se había extendido en el territorio.

Un dato curioso resulta la descripción de una costumbre local que en 1824 hace el médico francés Abel Victorino Brandin, pues menciona que los quiteños son asiduos a tomar mate; ¡sí, mate!, tanto en la mañana como en la tarde, y de la misma manera que lo hacen hasta hoy en Argentina (todos del mismo recipiente). Aunque debido a que el producto era importado y su costo elevado, seguramente estaba reservado únicamente para la clase alta.

A finales del siglo XIX e inicios del XX, en los hogares de mayores recursos se celebraba la Navidad con platos como carnes de caza, pasta y sopas de marcada tradición francesa. De un documento escrito por Juan león Mera a modo de poesía en 1890, se entiende que los vinos más populares eran Burdeux, Rioja, Jerez, Champagne, kirsch y mistela.

De todo lo antes mencionado se puede concluir que la mesa aristocrática quiteña pasó rápidamente de la moda española a la francesa, que dominó durante casi la totalidad del siglo XIX. Aunque también es justo mencionar que en Madrid también sucedió algo similar, pues en aquella época Francia se convertía en la potencia cultural más importante de Europa.

El banquete ofrecido a Simón Bolívar

Después de sellada la Independencia en 1822, los ecuatorianos ofrecieron celebraciones en honor de Simón Bolívar, su libertador. Una de ellas tuvo lugar en Quito ese mismo año y la historiadora Tamara Estupiñan conserva la lista de compras que se debían hacer para la comida que servirían en tan magna ocasión.

Basándose en dichos ingredientes, se puede deducir que el convite debió hacerse en un convento o una quinta cercana, pues el número de invitados bordeaba los 1.500, demasiado numeroso para tener lugar en alguna de las mansiones de la ciudad que ofrecieron bailes por aquellas fechas. También se puede imaginar a breves rasgos los platos que  debieron haberse preparado para aquella ocasión tan especial.

De acuerdo a la lista antes mencionada se pudo servir el tradicional puchero nacional, pescado escabechado, pernil, carnes asadas y maceradas (ternera, carnero y conejo), lengua seca, tortillas de sesos, lomos de res rellenos, criadillas emborrajadas, pavo, pollo, pichón, tórtola, perdiz, variedad de ensaladas (coliflor, lechuga, tomate, pepinillo, alcachofas), salsa de ají, tortas de harina con almendras y dulce de leche. Los vinos pudieron ser Burdeux, Champany, Ginebra y Moscatel. Lamentablemente el documento no menciona nada sobre el servicio y adorno de las mesas.

La cena en honor a René de Kerret

René Maurice de Kerret (circa 1860).
Según relata en su diario el viajero y oficial francés René Maurice de Kerret, que visitó Quito en el año 1853 acompañado de su primo, el conde de Kersain, las comidas de la aristocracia quiteña a mediados del decimonónico eran realmente fastuosas, sorprendiéndoles tanto lujo en un rincón tan apartado de Europa.

Los franceses fueron invitados a una cena ofrecida en su honor por Carlos Aguirre Montúfar y su esposa Virginia Klinger Serrano. La casa de los anfitriones estaba localizada a mitad de la cuadra oriental de la Plaza Grande, donde hoy se levanta el Palacio Municipal. Allá concurrieron acompañados del Conde de la Paz (embajador español) y su esposa, además del Marqués de Prado, secretario de la misma Embajada, que era donde se alojaban.

 Al llegar entraron a un inmenso salón donde habían unas ochenta personas esperándolos y charlando. El espacio estaba separado de las ventanas por un corredor con arquería de bóvedas y columnatas elegantes, entre las que habían tigres y leones disecados.

A las ocho se anunció que la cena estaba servida, Kersain entró al comedor con la anfitriona, el dueño de la casa con la mujer del Embajador de España y Kerret con una dama quiteña a la que él llamaba Marquesa de Larrea, aunque en realidad habría sido de San José, pero de todas formas los títulos nobiliarios ya no existían en el país desde la Independencia en 1822.

En el comedor se encontraron con vajilla de plata y un excelente foie gras del país (paté hecho a la costumbre ecuatoriana) y pescados pequeños de la Sierra (seguramente preñadillas) que sirvieron de entremeses para picar. Luego pasaron a un segundo comedor con platería tan hermosa como la anterior y en el que hallaron los más finos y mejores vinos de Europa, carnes de cacería mayor y de aves deliciosas. Los invitados creían haber terminado cuando se les invitó a pasar a un tercer comedor con vajilla de oro y vasos de finísimo cristal, en donde se sirvieron los dulces (frutas, postres, sorbetes, helados y café). 

En palabras del mismo Kerret:
"Nos hallábamos pasmados de tanto lujo, de tanta riqueza (...) Estábamos trastornados; apenas me atrevo a escribir lo que ví aquella noche. La cena se terminó con todos esos decoros, hacia las once. Regresamos hacia el salón principal y nos despedimos de nuestros excelentes amigos. Salimos a pie, según es costumbre en el país, pero escoltados por domésticos que llevaban linternas".


El elemento nacional

Sin embargo, y pese a la marcada influencia de la cocina francesa, las mesas de la aristocracia quiteña también contaban con elementos nacionales. El caso más conocido es el del tan mencionado puchero, que a diferencia del español se realizaba no solo con las tradicionales carnes y raíces que tanto gustaron en sus días a la reina Isabel II, sino que incluía camote, zanahoria blanca y yuca, lo que lo convertía al plato en lo que los viajeros llamaban "puchero nacional".

El servicio de los dulces también tenía una marcada influencia de las tradiciones locales, pues no solo las frutas que se servían eran variedades propias del país (chirimoya, plátano, tuna), sino que incluso las mermeladas de los rellenos en los dulces eran variedades que no se encontraban en otros territorios (membrillo, guayaba). El helado quiteño, hecho con hielo del Pichincha, también se volvió famoso durante el decimonónico.

A la hora de la tarde en Quito, a diferencia de en Europa, no se servía té sino chocolate espeso de variedades propias del país, siempre acompañado de masas que también tenían una fuerte connotación ecuatoriana (quesadillas, empanadas de viento, bizcochos, humitas). Esta costumbre que se arrastraba desde la época colonial fue reemplazada por la hora del café en el siglo XX.



El manual de Juan Pablo Sanz

Alrededor de 1880 aparece el primer manual de cocina y etiqueta que se conoce se haya escrito en el país, conservado en la Biblioteca Aurelio Espinosa Pólit, es obra del multifacético Juan Pablo Sanz, que fue pintor, arquitecto, agrimensor y una variedad de otras aficiones que practicaba.

En su texto, Sanz no solo describe paso a paso la preparación de una infinidad de platos, sino que también detalla los modales que se debe practicar en la mesa e incluso cómo servirla. Su propuesta de para una cena de cuatro tiempos era la siguiente:

  • Primer servicio - dos sopas, mudas o menestras, cuatro platillos fríos, cuatro platillos calientes, seis entradas
  • Segundo servicio - dos ensaladas, dos asados de pescado, dos asados de caza de pelo, dos asados de caza de pluma, dos aves caseras, salsera y aceitera
  • Tercer servicio - dos pastas frías, seis intermedios, salsera y aceitera
  • Cuarto servicio - dos cestas de frutas de estación o dos pirámides de pastelería ligera a los extremos de la mesa, cuatro compoteras de frutas cocidas a medio azúcar, seis fuentes de confituras, queso en la extremidad de la mesa.
Finalmente, es de señalar que el tercer servicio era a menudo ignorado, tal como se puede observar en la cena ofrecida René de Kerret y en muchas de las invitaciones oficiales en el Palacio Presidencial.


Referencias

  • Pazos Barrera, Julio (2008). "El sabor de la memoria: historia de la cocina quiteña". Quito: Fondo de Salvamento del Patrimonio Cultural FONSAL.
  • Lara, A. Darío (1987). "Viajeros franceses al Ecuador en el siglo XIX", volúmen 1. Quito: Editorial Casa de la Cultura Ecuatoriana.
  • Fitzell, Jill. "Teorizando la diferencia de los Andes del Ecuador: viajeros europeos, la ciencia del exotismo y las imágenes de los indios", p.39.
  • Pérez Pimentel, Rodolfo (1987). "Diccionario biográfico del Ecuador", tomo III, p.253. Guayaquil: Universidad de Guayaquil.
  • De Miguel, Armando (1991). "Cien años de urbanidad". Barcelona: editorial Planeta.
  • Gioja, Melchor (1866). "El nuevo Galateo, tratado completo de cortesanía en todas las circunstancias de la vida". Madrid: Librería de Juan Basyinos e Hijo Editores.

sábado, 22 de julio de 2017

Moda quiteña del siglo XIX


Si bien la palabra "moda" nos evoca un sentimiento pasajero, vano y poco importante, en honor a la verdad se debe decir que la historia también está ligada a esta palabra de una manera bastante fuerte. Y es que cada periodo histórico ha contado con su propio estilo de vestir que no solo lo caracteriza visualmente, sino que permite descubrir bajo las formas y telas cosas tan importantes como la política reinante, el poder de las facciones sociales, las rutas comerciales, la filosofía económica que imperaba y hasta el tipo de vida espiritual que llevaban los habitantes de una región.

En este marco, se debe aclarar que a inicios del siglo XIX, Quito, que durante casi tres siglos había sido la ciudad más influyente del actual territorio ecuatoriano, se había convertido paulatinamente en una urbe casi aislada de los cambios que se generaban cada vez con mayor rapidez tras la revolución industrial en Europa y Norteamérica, y que por obvias razones llegaban primero a los puertos como Cartagena, Callao y Guayaquil, y de allí emprendía una lenta expansión hacia las regiones del interior del continente.

Inicios de siglo

Para el año 1800 llegaba no solo el nuevo siglo, sino también el final de la dominación española en el territorio, y con ello una larga etapa de aletargamiento social y económico producida por los movimientos independentistas que arrancaron en 1809 y culminaron en 1822. Es por ello que se podría decir que el primer cuarto de siglo poco cambió la moda quiteña con respecto al siglo anterior, y se seguían usando las pesadas y exageradas vestimentas dieciochescas de influencia madrileña:

Mariana Carcelén de Guevara, marquesa de
Solanda y Villarocha, por Diego Benalcázar.
El ritual de vestimenta de gala para una dama de alta alcurnia a inicios del XIX empezaba con los calzones, largos y de telas suaves como el algodón español, encima de los que se colocaba un faldellín o faldita hasta la rodilla que brindaba abrigo por estar hecho de lana, sobre este se colocaba el miriñaque ya sea de tela rígida o metal, pero que daría amplitud al vestido, y luego varias capas de enaguas para dar aún más volúmen. El talle era acomodado con un corsé que afinaba la cintura y hacía los pechos más voluptuosos, ajustados con cintas por la espalda.

La falda era casi siempre de terciopelo o telas similares, muy ancha y con los pliegues cosidos entre sí para darle la ondulación característica aún sin que la mujer se moviese. El torso era cubierto por una blusa con escote sobre la línea del pecho, encima un chaleco que pasaba por debajo del busto para dejar ver la blusa y realzarlo aún más y finalmente una levita más corta que la de los hombres y de la misma tela que la falda, o bien un chal de fino encaje de Flandes.

La mantilla española era sustituida en Quito por el pañolón, una prenda de tela de manufactura local que cubría desde la cabeza hasta las caderas, y que a menudo también lo hacía con parte del rostro, sobre todo para asistir a misa.

En lo que respecta a los hombres, y según el inglés William Bennet Stevenson, que visitó la ciudad en 1808, describía la vestimenta del quiteño como muy similar a la europea en las clases alta y media, con la única adición de una gran capa generalmente roja, pero también de colores azul o blanco, probablemente para cubrirse del frío y las inesperadas lluvias del cambiante clima quiteño.

Mediados de siglo

El segundo tercio del siglo XIX, es decir después de sellada la Independencia tras la Batalla de Pichincha, marcó también un cambio repentino en la moda de la ciudad. Las tropas llegadas desde distintos puntos del continente, y en especial la Legión Británica que tanto ayudó en el triunfo de 1822, así como el establecimiento de las primeras embajadas que a partir de 1830 trajeron familias enteras de europeos vestidos al último grito de la moda, marcaron una lenta migración de los estilos madrileños hacia los londinenses en particular.

Mercedes Jijón de Flores, primera dama, circa 1845 (izq.)
Virginia Klinger Serrano, circa 1850 (der.)
Durante esta etapa las mujeres quiteñas de clase alta vestían en su mayoría "a la inglesa", es decir con un vestido de una sola pieza, muy ceñido en el talle gracias al uso de corsés con esqueleto de varillas, un escote redondo para las jóvenes y cuello cerrado para las casadas, mangas hasta el codo, con varias capas de volantes de encaje que caían graciosamente sobre el brazo, y una falda muy amplia pero con una caída casi recta por delante.

El cabello se usaba generalmente trenzado y recogido dentro de una malla que se adornaba con cintas y flores. El arreglo se complementaba con conjuntos de joyas (pues llevar mezclas era signo de pobreza) que podían llegar a valer una fortuna: aretes, gargantillas, diademas, brazaletes y rosarios que estaban adornados con perlas, diamantes, esmeraldas, topacios y otras piedras preciosas.

El quitasol o sombrilla también es ampliamente utilizado en esta época, aunque estaba destinado sobre todo a las damas de alta alcurnia que podían llevarlo ellas mismas, o en otras ocasiones eran cubiertas por una criada o un esclavo que las seguía de muy cerca. 

Sin embargo la supremacía y predilección de las quiteñas más jóvenes por la moda inglesa, esta era usada generalmente para ocasiones especiales y de gala, pues en el hogar o para ir a misa se seguía usando el estilo español previo en tonalidades oscuras (particularmente de color negro), sobre todo el pañolón que ahora era de franela inglesa o de encajes y puntillas fabricados en los conventos de la ciudad como el de Santa Catalina.

En cuanto a las mujeres mestizas, su vestimenta más colorida llamaba mucho la atención de los extranjeros. Usaban unas faldas casi hasta las pantorrilas llamadas polleras, sobre estas otras apenas un poco más cortas llamadas refajos, fabricadas de franela inglesa o bayetilla y adornadas con cintas, encajes, franjas y lentejuelas que dibujaban figuras de arabescos. Las blusas eran de telas como brocado o raso, con sus mangas y cinturas adornadas por encajes blancos. Algunas usaban pañolón, mientras que otras apenas un chal de lana sobre los hombros.

La mujer quiteña de la década de 1860, si bien sigue teniendo predilección por las modas europeas y sobre todo parisinas para los eventos públicos y de gala, evidencia una enorme simplificación de su apariencia en los círculos del hogar y la misa con respecto a las dos décadas anteriores. Los vestidos de lana en tonos oscuros, sobre todo negros, se convierten en los favoritos tanto de jóvenes como de adultas, quizá por tratarse de una tela más adecuada para el frío de la ciudad, además de la austeridad en los adornos, que generalmente consisten únicamente en rosarios de perlas o pequeños broches de marfil o porcelana en el cuello. 


Finales de siglo

Llegando a finales del decimonónico aparecen importantes figuras femeninas como la joven Marieta de Veintemilla, que con su predilección por la moda francesa terminó de imponer su estilo en todas las damas de alta sociedad de la ciudad. Su importancia no solo política, sino también cultural y social la llevó a ser inmortalizada por varios escritores europeos y elogiada por elegantes mujeres como la Baronesa de Wilson.

Marieta de Veintemilla, circa 1887 (izq.).
Leonor y Josefina Pérez Quiñones, 1897 (der.).
El estilo favorito de Marieta era el llamado "tapicero", pues recordaba a los salones llenos de tapices y cortinería, consistente en un vestido de dos piezas muy adornado. La parte alta presentaba una blusa de cuello alto con encajes o pasamanería, sobre esta una chaqueta de talle bastante ceñido y un coqueto vuelo que caía sobre el pecho; las mangas eran largas y llegaban hasta arriba de la muñeca, rematadas con pequeños encajes y ribetes.

Por su parte, la falda estaba compuesta por dos piezas: una de forma casi tubular, fruncida y de tela pesada, y otra sobrefalda más alta, muy adornada con lazos y encajes plizados, de telas más livianas y brillantes que caía por detrás en una cola casi hasta el suelo. Se hizo popular el uso del polisón, una pieza parecida a un pequeño cojín de lana que se colocaba sobre el trasero, de manera que aumentaba volúmen únicamente a la parte posterior del vestido.

A medida que el siglo llegaba a su fin, los vestidos tapiceros fueron simplificándose cada vez más: perdieron el polisón, después la sobre falda y finalmente los encajes y vuelos, quedando en una chaqueta de botones muy entallada con prendedor al cuello y una falda suelta.

El color predilecto de las quiteñas continuaba siendo el negro que predominó desde la Independencia, sobre todo por la amplia influencia de la religión en la vida social de la ciudad y el país en general, pues hasta mediados del siglo XX las únicas celebraciones públicas tendrían que ver con la Iglesia católica y los toros. Esto pese a que Marieta de Veintemilla gustaba de usar también otros colores, aunque nunca llegaron a ser escandalosos.

La influencia del arte romanticista también se evidencia en este último tercio del siglo XIX, sobre todo entre las quiteñas más jóvenes que se visten de colores claros y telas livianas con adornos muy coquetos, pues según la revista El Correo de la Moda, sólo hasta los 24 años era recomendable envolverse en una nube de gasas y tules a semejanza de hadas o ninfas, pero a partir de los 25 se debía ya lucir como una mujer.

Los peinados eran elaborados y con predilección por la altura, aunque no llegaron a la exageración del siglo XVIII, y para ello debían tener el cabello muy largo, de manera que pudieran rizarlo caprichosamente sin recurrir a pelucas pasadas de moda. Muchas se peinaban los fines de semana y mantenían el estilo por varios días durmiendo casi sentadas para no descolocar ni un cabello.

"Bolsicona", por Joaquín Pinto. 
En lo que respecta a la mujer mestiza, las mismas estaban representadas principalmente por las llamadas "bolsiconas", que usaban un traje que constaba de cuatro piezas:

  • blusa blanca con bordes adornados en hilos rojos o azules.
  • falda sobre el tobillo y de colores vivos, fabricada con una grosera tela llamada bayeta o bolsicón, parecida a la lana.
  • chal de tela ligera con hermosos bordados florales
  • rebozo de felpa en un color contrastante al vestido que servía para cubrirse en caso de lluvia o intenso sol.
  • no usaban zapatos, aunque las que se dedicaban a un oficio como el de cajoneras, sí lo hacían.


En las clases comerciales y bajas también existían atuendos representativos de cada oficio, como el de las fruteras o carniceras, que por el tipo de trabajo era menos adornado que el de las bolsiconas: falda amplia casi siempre de color azul claro, blusa blanca poco bordada con cuello en V y mangas amplias a la altura del codo, además de un chal para cubrir los hombros o la cabeza en caso de lluvia o sol. Solían llevar el cabello atado en una cola de caballo desde la nuca.

Finalmente, y dentro de un mismo grupo social también existían diferencias en la forma de vestir, tal como sucedía entre las indígenas de sangre noble y aquellas que pertenecían a la plebe; pues los recursos económicos de las primeras les permitían acceder a diferentes calidades de telas y accesorios para completar sus atuendos y llevarlos de manera elegante, mientras que las segundas, casi siempre trabajadoras del servicio doméstico, apenas y tenían para adquirir un traje nuevo cada año.


Referencias

  • Burneo Salazar, Cristina (2016). "Documentos impregnados: vestido, cuerpo y nación". Quito: Comité de Investigaciones - Universidad Andina Simón Bolívar.
  • Pérez Pimentel, Rodolfo (2001). "El Ecuador profundo", tomo II, 2da edición, páginas 133-139. Guayaquil: Lotería Nacional.
  • Romero, Ximena (2003). "Quito en los ojos de los viajeros: el siglo de la Ilustración". Quito: Editorial Abya-Yala.
  • Cifuentes, María Ángela (1999). "El placer de la representación: la imagen femenina ante la moda y el retrato (Quito, 1880-1920)". Quito: Editorial Abya-Yala.
  • Ortiz Crespo, Alfonso (2005). "Imágenes de identidad, acuarelas quiteñas del siglo XIX". Quito: Fondo de Salvamento del Patrimonio - FONSAL.
  • Poma Eras, Gabriela (2011). "Análisis descriptivo del traje femenino en Quito durante el siglo XIX". Quito; Universidad Tecnológica Equinoccial.

lunes, 6 de junio de 2016

Quito, la ciudad que no era curuchupa

Ilustración antigua del Arco de la Reina y la calle García Moreno bastante concurrida (siglo XVIII).

Quito no siempre fue considerada una ciudad "curuchupa", término utilizado por los propios para definir la actitud socialmente moralista y profundamente apegada a los mandamientos de la religión romana. Por el contrario, aquella fama se la ganó ya bien entrado el siglo XIX pues, de hecho, la franciscana ciudad era bastante conocida por su vida disipada en relación a las leyes de la Corona española y la Iglesia católica.

Los continuos escándalos quiteños llegaban a las cortes virreinales de Lima y Santafe (hoy Bogotá), y ruborizaban a la sociedad de lugares más conservadores de la propia Presidencia de Quito como Cuenca y Guayaquil. Incluso el Vaticano conocía de la mala fama de esta ciudad de placeres enclavada en los Andes americanos, pues hasta los sacerdotes convivían con mujeres y tenían hijos a los que reconocían públicamente.

Pruebas de ello existen en los numerosos procesos por adulterio, abandono de hogar, escándalos públicos y faltas a la moral que se interponían en los tribunales de la Audiencia casi a diario. Pero las más importantes constituyen sin duda las descripciones de los viajeros europeos, tanto religiosos como civiles, que pese a venir de un continente donde la vida era más discipada y moderna, no dejaban de asombrarse de lo que encontraban en esta capital audiencial.

Por Ejemplo, en 1757 el sacerdote jesuita italiano Giovanni Domenico Coletti describía la escandalosa moda de las mujeres, de los impropios bailes conocidos como fandangos y del pecado del juego. Sobre este último en particular decía: "no menos lugar ocupa el vicio del juego (...) que acaba muchas veces con los muebles y las cosas domésticas, lo peor es que ataca fácilmente aún a personas distinguidas".

Por esta misma época se popularizaron entre las quiteñas los vestidos llamados "tres talles", con los que según los obispos Nieto Polo de Águila y Cuero y Caicedo los pechos iban casi descubiertos, y que incluso en la península ibérica eran mal vistos por los más conservadores de Madrid. Nuevamente Coletti, pero en carta privada a su familia, señala que los quiteños y quiteñas prefieren mandarse a hacer un elegante traje o un lujoso vestido, antes que comer al medio día.

Quito para los visitantes europeos

Como hemos dicho, testimonios de viajeros daban fe de la vida disipada que se daban los quiteños; como en 1763 que un viajero inglés los describió de la siguiente forma: "la falta de ocupación conveniente, unida a la ociosidad que es natural en los habitantes de este país, (...) son causas naturales de aquella inclinación tan común por los bailes y festejos, que en Quito no son solo frecuentísimos, sino llevados a tal grado de licencia que no puede pensarse en ellos sin detestarlos".

Hacia el año 1800 el escritor italiano Juio Ferrari describe extensamente a Quito y su gente, aunque aquí recogeremos sólo un pequeño extracto de su publicación: "los habitantes de Quito son alegres, amables, vivaces y no respiran más que lujo y voluptuosidad; quizá no es posible encontrar un lugar donde reine más que allá un gusto decidido y general por los placeres (...) La borrachera y el juego son dos pasiones dominantes en aquella ciudad.".

El científico prusiano Alexander Von Humboldt, que a su paso por Quito en 1802 también describió el ánimo de la ciudad y sus habitantes, resumió su opinión en la célebre frase "en ninguna ciudad he encontrado, como en esta, un ánimo tan decidido y general de divertirse". Francisco José de Caldas, el científico neogranadino acompañante de Humboldt, escribía más explícitamente: "el aire de Quito está viciado, aquí no se respiran sino placeres. Los escollos de la virtud se multiplican, y parece que el templo de Venus se hubiera trasladado de Chipre a esta parte".

Y topando el nombre de Humboldt, es también conocido el caso de que al llegar a Quito aún era virgen y no había estado con mujer alguna, por lo que el hijo de su anfitrión, el joven Carlos de Montúfar y los amigos de este le llevaron a una casa detrás del Arco de Santo Domingo, en la que fue prácticamente violado por Antonia Pazmiño, una mujer en sus 40's y sumamente atractiva que poseía una tienda de abarrotes, y que al final resultó embarazada y dio a luz un niño después de que el sabio se marchó, al que puso Alejandro H. Pazmiño (algunos afirman que la H era por Humboldt).

En 1824, ya con el Ecuador como parte de la Gran Colombia, el médico francés Victorino Brandin decía sobre los habitantes de Quito que podían resumirse en tres palabras: vivacidad, vanidad y lujuria. Al respecto escribió en sus memorias: "la gente vulgar está paralizada por una flojera que la predomina, no hay vicio al que no se abandone. (...) Las enfermedades venéreas son comúnmente excesivas (...)".

Homosexualidad en el Quito colonial

Retrato de Alexander von Humboldt (1806).
El homosexualismo y el lesbianismo, cosa natural en la raza humana desde que comenzaron a andar por la tierra, también eran practicados en Quito como en cualquier otro lugar del planeta, y se podría decir que hasta cierto punto eran tolerados mientras no se dieran muestras públicas de ello, aunque las relaciones fueran un secreto a voces en la ciudad.

Uno de los casos mejor documentados lo constituye el de Rosa Hidalgo Benalcázar, una joven de 19 años que en la década de 1770 fue a convivir con Andrea Ayala en casa de un señor llamado Juan Salazar, y cuya relación era conocida por todos pero sólo fue repudiada públicamente tras una escena de celos en la que ambas se golpearon y una terminó con la cabeza rota.

Historia también conocida es la que implica nuevamente a Alexander von Humboldt con el joven Carlos de Montúfar, hijo del Marqués de Selva Alegre, con quien tuvo un romance durante su estadía en Quito en 1802, y que cuando decidieron viajar juntos a Perú y México causó los celos de Francisco José de Caldas. El asunto es que todos en la ciudad conocían de este caso y pocos lo repudiaron (al menos públicamente), e incluso mentían a las señoritas que se interesaban en el apuesto europeo de ojos azules, inventando historias para no romperles el corazón con la relación que este mantenía con Montúfar.

Los fandangos

Fandango de las clases populares en México (siglo XIX).
Otra evidencia de la poco curuchupa vida quiteña se encuentra en los fandangos, fiestas populares de las clases medias y bajas de toda América, pero que en Quito tomaban un aire viciado pues se bebía de más y se bailaba descaradamente hasta casi desfallecer.

Coletti describía estas celebraciones quiteñas, casi pecaminosas, de la siguiente manera: "(...) los bailes que se llaman fandangos ocupan a la gente baja y le conducen a tales excesos de torpeza que da horror sólo el nombrarlos".

Jorge Juan y Antonio de Ulloa, miembros españoles de la Misión Geodésica que visitó la Real Audienia entre 1736 y 1744, describieron en su libro "Noticias Secretas de América" sobre cómo eran los religiosos quienes se encargaban de ofrecer muchos de estos fandangos, incurriendo en inmensos gastos de vino, mistelas y aguardiente. Tanto fue así que en 1757, el obispo Juan Antonio Nieto dictaminó que las personas que asistieran a estas celebraciones serían excomulgadas, en particular si eran sacerdotes de esos que acostumbraban no llevar sotana, aún así se siguieron celebrando hasta mediados del siglo XIX.

En 1767 el sacerdote jesuita Mario Cicala también escribió, ya tras la expulsión de su orden de todos los territorios españoles, sobre esta costumbre quiteña de los fandangos: "No saben ni usan bailes serios de minuetos, ni danzas honestas (...) El baile universal y de todas las clases sociales, sin excepción de las más respetables, es el que se llama fandango o fandanguillo: confuso, sin orden, sin arte, sin simetría, entre mujeres y hombres (...) malo y escandaloso".

La fiesta y el baile del fandango en sí mismo eran una verdadera afrenta a la moralidad y las buenas costumbres religiosas y sociales en Europa, y aún así estaba más que extendido también en Latacunga, Riobamba, Ambato y otras tantas ciudades de América como México, aunque eso sí, con menores excesos y escándalos que en Quito.

Conclusión

Estas afrentas a lo que la época consideraba buenas costumbres, fueron disminuyendo a partir de los primeros movimientos independentistas, que mermaron no solo la población quiteña sino también su entusiasmo, dinero y sobre todo libertad, pues a partir de los sucesos de 1809 las autoridades españolas comenzaron a ser mucho más represoras.

Ya para mediados del siglo XIX, con la consolidación de la República y sobre todo un fortalecimiento del poder clerical en el Estado y la vida cotidiana (promovida por presidentes como Gabriel García Moreno), Quito se fue convirtiendo paulatinamente en la ciudad ahora sí curuchupa que recordaban los abuelos, pero que poco tenía que ver con la de siglos anteriores.

Finalmente, como hemos podido analizar mediante todo lo expuesto, y en particular durante el periodo colonial de los siglos XVII a inicios del XIX, Quito no fue la ciudad curuchupa que nos han pintado tradicionalmente, sino más bien un pecaminoso oasis en medio de la estricta moralidad impuesta por las leyes españolas y la Iglesia católica, tumbando al suelo aquel mito de una vez por todas.


Referencias

  • Núñez Sánchez, Jorge (2007). "Historias del país de Quito", páginas 69-84. Quito: Editorial Eskeletra, segunda edición. ISBN 9978-16-015-2.
  • Jurado Noboa, Fernando (2009). "Ensayo sobre el Chulla quiteño, 1700-2009", páginas 48-51, 53, 56, 74. Quito: Quimera Dreams Editores, cuarta edición. ISBN 978-9942-02-692-7.
  • Páez, María (1996). "Quito según los extranjeros: la ciudad, su paisaje, sus gentes y costumbres observadas por los visitantes extranjeros (siglos XVI-XX)". Quito: Centro de Estudios Felipe Guamán Poma,
  • Romero, Ximena (2003). "Quito en los ojos de los viajeros: el siglo de la Ilustración". Quito: Editorial Abya-Yala. ISBN 9978-04-572-4.

domingo, 1 de mayo de 2016

¿Existió un Duque de Quito?


El Ducado de Quito fue un título no oficializado por la Corona española, aunque sí reconocido por algunas autoridades coloniales de su imperio ultramarino en América. El primer y único portador del mismo fue el teniente coronel Juan Antonio de Zelaya y Vergara, que lo recibió de manos del virrey peruano Pedro Messía de la Cerda, el 17 de mayo de 1766.

Juan Antonio de Zelaya (Navarra, 1712 - Popayán, 1776) fue un militar, aristócrata y funcionario español que llegó a América a finales de la década de 1750, como parte del batallón del regimiento de Navarra que se encontraba acantonado en el puerto de Cartagena de Indias. En 1762 el rey Carlos III emitió una Real Cédula en la que solicitaba que se lo nombre como el primer Gobernador de Guayaquil, cargo en el que fue ratificado por el virrey peruano Pedro Messía de la Cerda en 1763, y del que tomó posesión en 1764.

Como gobernador, Zelaya enfrentó el Fuego Grande que en 1764 consumió gran parte de la ciudad portuaria de Guayaquil, destacando por su pronta y eficaz actuación ante la tragedia. Al año siguiente recibió una solicitud del Virrey para trasladarse a la capital audiencial y mitigar la revuelta que allí tenía lugar por el incremento de los impuestos a los licores (estancos), capítulo que es conocido por la historiografía como Revolución de los Estancos.

Por su nuevamente eficaz actuación ante la revuelta, el 17 de mayo de 1766 el virrey Messía de la Cerda lo nombró como Presidente interino de la Real Audiencia de Quito, reemplazando a Manuel Rubio de Arévalo, que había venido ejerciendo el interinazgo tras la muerte del presidente Montúfar y Frasso en 1761. El funcionario ejercía el cargo con el título de Duque de Quito en lugar del de Presidente, pues a diferencia de éstos, Juan Antonio de Zelaya no sólo tenía el poder político, sino también el militar, que hasta entonces siempre había dependido de órdenes enviadas directamente desde Lima.

En 1767 llegó a Quito el nuevo presidente nombrado por el Rey, José Diguja, y Zelaya regresó a su puesto en Guayaquil. El nuevo dirigente de la Real Audiencia volvió a tener bajo su mando únicamente el poder político, por lo que el título de Duque de Quito no volvió a ser usado desde entonces.

Como constancia histórica de este pseudo título nobiliario, que más podría entrar en la categoría de político y militar, se puede recurrir al retrato oficial de Zelaya, en el que constan todos sus cargos y títulos alcanzados a lo largo de su vida, escritos en latín bajo la imagen de su persona (mismo que ilustra este artículo).

miércoles, 27 de abril de 2016

Bernini en la arquitectura de Quito


Las escaleras convexas que preceden los conjuntos eclesiásticos de San Francisco y la Catedral, en dos de las principales plazas de la ciudad de Quito, fueron diseñadas en base a planos traídos desde Roma y elaborados por el célebre artista napolitano Gian Lorenzo Bernini.

Bernini (Nápoles, 1598 - Roma, 1680) es considerado el más destacado escultor y arquitecto de los inicios del barroco en Europa, y fue el favorito de los Papas para realizar trabajos en la ciudad del Vaticano, donde diseñó entre otros espacios la Plaza de San Pedro que conocemos hasta la actualidad.

Planos de sus características escaleras convexas llegaron hasta Quito antes que a ninguna otra ciudad del Nuevo Mundo, y al ser aplicadas para salvar tan hábilmente los desniveles entre los atrios y las plazas, pronto se convirtieron en los modelos a seguir en distintos puntos de otras colonias españolas.

sábado, 16 de abril de 2016

Alcaldes de Quito que fueron Presidentes de Ecuador



La Alcaldía de Quito ha sido considerada, desde los primeros tiempos de dominación española en el actual Ecuador, un escalón que facilita el ascenso de futuros líderes políticos en el territorio. Así, tras la Independencia y anexión a la Gran Colombia en 1822, y posteriormente con la creación del estado de Ecuador en 1830, varios personajes que ocuparon el principal sillón del Cabildo (después llamado Municipio y actualmente Municipio Metropolitano) han logrado, desde allí, consolidar sus carreras políticas y sociales para ascender hasta Carondelet.

  • José Felix Valdivieso
    Alcalde entre el 25 de mayo de 1822 al 31 de diciembre de 1823.
    Presidente (de facto) entre el 13 de julio de 1834 y el 18 de enero de 1835.
  • Pedro José de Arteta y Calisto
    Alcalde entre el 1 de enero al 31 de diciembre de 1835.
    Presidente (encargado) entre el 7 de noviembre de 1867 y el 20 de enero de 1869.
  • Pacífico Chiriboga y Borja
    Alcalde entre el 1 de enero y el 31 de diciembre de 1839.
    Presidente (encargado) entre el 4 de septiembre de 1859 y el 10 de enero de 1861.
  • Gabriel García Moreno
    Alcalde entre el 1 de enero y el 31 de diciembre de 1857.
    Presidente entre 1861-1865, 1869-1875; (interino) en 1861 y 1869.
  • Manuel de Ascázubi y Matheu
    Alcalde entre el 1 de enero y el 31 de diciembre de 1861.
    Presidente (encargado) entre 1849-1850; (interino) en 1869.
  • Francisco Andrade Marín
    Alcalde entre el 1 de enero y el 31 de diciembre de 1878, 1888, 1892 y 1905.
    Presidente (encargado) entre el 6 de marzo y el 1 de agosto de 1912.
  • Carlos Freile Zaldumbide
    Alcalde entre el 13 de septiembre y el 20 de diciembre de 1895; y entre el 1 de enero al 31 de diciembre de 1898.
    Presidente (encargado) en 1911, y entre el 22 de diciembre de 1911 y el 5 de marzo de 1912.
  • Abelardo Montalvo
    Alcalde entre el 1 de enero y el 31 de diciembre de 1908.
    Presidente (encargado) entre el 20 de octubre de 1933 y el 31 de agosto de 1934.
  • Isidro Ayora Cueva
    Alcalde entre el 1 de enero y el 31 de diciembre de 1935.
    Presidente entre el 17 de abril de 1929 y el 24 de agosto de 1931; (encargado) entre 1926 y 1929.
  • Sixto Durán Ballén
    Alcalde entre el 1 de agosto de 1970 y el 16 de febrero de 1978.
    Presidente entre el 10 de agosto de 1992 y el 10 de agosto de 1996.
  • Jamil Mahuad Witt
    Alcalde entre el 10 de agosto de 1992 y el 10 de agosto de 1998.
    Presidente entre el 10 de agosto de 1998 y el 21 de enero de 2000.

miércoles, 23 de marzo de 2016

¿Quién sería el Marqués de Villa de Orellana?


Armas del Marquesado.
¿Alguna vez se han preguntado qué sería si los títulos nobiliarios hubiésen continuado en Ecuador? Pues es por todos bien sabido que tras la independencia de la Gran Colombia, de la que nuestro país formó parte entre 1822 y 1830, se suprimieron todos los privilegios nobiliarios que había otorgado España a los hombres y mujeres de estas tierras.

Sin embargo, siempre queda la interrogante de cuál hubiera sido el destino de algunos pocos ecuatorianos (en este caso particular, quiteños) si estas leyes no se publicaban, y de alguna manera se mantenía la línea sucesoria formal de herencia de los condados y marquesados que existieron en la Real Audiencia de Quito.

Este primer artículo se refiere a la línea hereditaria formal del Marquesado de Villa Orellana, un título que tras su desaparición en Ecuador, fue rehabilitado en 1924 por el rey Alfonso XIII en la persona del español Jaime Díaz de Rivera y Figueroa, que manifestaba ser descendiente de uno de los tíos del primer marqués.

A continuación la lista de los marquese reales y los que debieron serlo de haber continuado con la línea genealógica principal:

  • Clemente Sánchez de Orellana, primer marqués de Villa de Orellana (Cuenca, abril de 1707 - Quito, 15 de febrero de 1782), primer titular del marquesado y vizconde previo de Antizana según real cédula del 6 de febrero de 1756. Casado el 8 de septiembre de 1733 con Antonia Agustina Javiera Chiriboga y Daza (Quito, marzo de 1715 - ibídem, 14 de abril de 1790). Tuvieron cinco hijos: Jacinto (1747-1815), María Josefa (1748-1782), Joaquín (1751-1827), Juana (?-?) y Micaela (1754-?).
  • Jacinto Sánchez de Orellana y Chiriboga-Daza, segundo marqués de Villa de Orellana (Quito, 1747 - ibídem, 21 de junio de 1815). Casado con Antonia Cabezas y Burbano de Lara (Quito, 1747 - ibídem, ?). Tuvieron un hijo: José (?-?).
  • José Sánchez de Orellana y Cabezas-Burbano de Lara, tercer marqués de Villa de Orellana (?-?). Casado con Mercedes Carrión y Palacio-Escudero (Quito, 1796 - ibídem, ?). Tuvieron tres hijos: José Jacinto (1812-?), Antonia (?-?) y María del Carmen (?-?).
  • José Jacinto Sánchez de Orellana y Carrión, cuarto marqués de Villa de Orellana (Quito, 1812 - ibídem, ?), que se convierte en el último reclamante legal del título en tierras quitenses, pues en adelante las leyes de la Gran Colombia y el Ecuador no permitirían el uso de títulos nobiliarios. Casado con María Dolores Francisca de Quijano y Chiriboga-Villavicencio (Quito, 30 de mayo de 1818 - ibídem, 27 de julio de 1889). Tuvieron dos hijos: Olimpia (1841-?) y José Benigno (1848-1894).
  • José Benigno Sánchez de Orellana y Quijano, quinto marqués de Villa de Orellana (Quito, 1848 - ibídem, 1894). Casado el 31 de diciembre de 1867 con Zoila Dorinda Rosario de Bustamante y Andrade (Cuenca, 1852 - Quito, ?). Tuvieron tres hijos: Carmen (?-?), Rosa (?-?) y Jacinto (1873-1930).
  • Jacinto Sánchez -de Orellana- Bustamante, sexto marqués de Villa de Orellana (Quito, 1873 - ibídem, 1930), que deja de usar el apellido completo, dajando solamente "Sánchez" y suprimiendo "de Orellana". Casado el 16 de julio de 1894 con Josefina Vásconez Borja (Quito, 1875 - ibídem, 28 de agosto de 1944). Tuvieron siete hijos: Josefina (1895-1915), Carlota (?-?), José Benigno (1905-1960), Rosario (?-?), Alberto Ignacio (?-?), Jacinto Alfredo (?-?) y Josefa (?-?).
  • José Benigno Sánchez -de Orellana- Vásconez, séptimo marqués de Villa de Orellana (Quito, 1905 - ibídem, 18 de marzo de 1960). Casado en 1938 con Rosa María Ávila Mosquera. Sin descendencia.
  • Alberto Ignacio Sánchez -de Orellana- Vásconez, octavo marqués de Villa de Orellana. (?-?). Casado con María Teresa Acosta Villavicencio. Sin descendencia.
  • Jacinto Alfredo Sánchez -de Orellana- Vásconez, noveno marqués de Villa de Orellana (?-?). Casado con Rosa Zambrano Álvarez (?-?). Tuvieron cuatro hijos: NN -mujer- (?), Francisco José (1950), María Dolores (1954) y María del Pilar (?).
  • Francisco José Sánchez -de Orellana- Zambrano, décimo marqués de Villa de Orellana (Quito, 4 de octubre de 1950). Casado con Pilar Mera Espinoza. Tienen tres hijos: Pilar (1977), Macarena (1979) y Francisco (1984).

Referencias