lunes, 6 de junio de 2016

Quito, la ciudad que no era curuchupa

Ilustración antigua del Arco de la Reina y la calle García Moreno bastante concurrida (siglo XVIII).

Quito no siempre fue considerada una ciudad "curuchupa", término utilizado por los propios para definir la actitud socialmente moralista y profundamente apegada a los mandamientos de la religión romana. Por el contrario, aquella fama se la ganó ya bien entrado el siglo XIX pues, de hecho, la franciscana ciudad era bastante conocida por su vida disipada en relación a las leyes de la Corona española y la Iglesia católica.

Los continuos escándalos quiteños llegaban a las cortes virreinales de Lima y Santafe (hoy Bogotá), y ruborizaban a la sociedad de lugares más conservadores de la propia Presidencia de Quito como Cuenca y Guayaquil. Incluso el Vaticano conocía de la mala fama de esta ciudad de placeres enclavada en los Andes americanos, pues hasta los sacerdotes convivían con mujeres y tenían hijos a los que reconocían públicamente.

Pruebas de ello existen en los numerosos procesos por adulterio, abandono de hogar, escándalos públicos y faltas a la moral que se interponían en los tribunales de la Audiencia casi a diario. Pero las más importantes constituyen sin duda las descripciones de los viajeros europeos, tanto religiosos como civiles, que pese a venir de un continente donde la vida era más discipada y moderna, no dejaban de asombrarse de lo que encontraban en esta capital audiencial.

Por Ejemplo, en 1757 el sacerdote jesuita italiano Giovanni Domenico Coletti describía la escandalosa moda de las mujeres, de los impropios bailes conocidos como fandangos y del pecado del juego. Sobre este último en particular decía: "no menos lugar ocupa el vicio del juego (...) que acaba muchas veces con los muebles y las cosas domésticas, lo peor es que ataca fácilmente aún a personas distinguidas".

Por esta misma época se popularizaron entre las quiteñas los vestidos llamados "tres talles", con los que según los obispos Nieto Polo de Águila y Cuero y Caicedo los pechos iban casi descubiertos, y que incluso en la península ibérica eran mal vistos por los más conservadores de Madrid. Nuevamente Coletti, pero en carta privada a su familia, señala que los quiteños y quiteñas prefieren mandarse a hacer un elegante traje o un lujoso vestido, antes que comer al medio día.

Quito para los visitantes europeos

Como hemos dicho, testimonios de viajeros daban fe de la vida disipada que se daban los quiteños; como en 1763 que un viajero inglés los describió de la siguiente forma: "la falta de ocupación conveniente, unida a la ociosidad que es natural en los habitantes de este país, (...) son causas naturales de aquella inclinación tan común por los bailes y festejos, que en Quito no son solo frecuentísimos, sino llevados a tal grado de licencia que no puede pensarse en ellos sin detestarlos".

Hacia el año 1800 el escritor italiano Juio Ferrari describe extensamente a Quito y su gente, aunque aquí recogeremos sólo un pequeño extracto de su publicación: "los habitantes de Quito son alegres, amables, vivaces y no respiran más que lujo y voluptuosidad; quizá no es posible encontrar un lugar donde reine más que allá un gusto decidido y general por los placeres (...) La borrachera y el juego son dos pasiones dominantes en aquella ciudad.".

El científico prusiano Alexander Von Humboldt, que a su paso por Quito en 1802 también describió el ánimo de la ciudad y sus habitantes, resumió su opinión en la célebre frase "en ninguna ciudad he encontrado, como en esta, un ánimo tan decidido y general de divertirse". Francisco José de Caldas, el científico neogranadino acompañante de Humboldt, escribía más explícitamente: "el aire de Quito está viciado, aquí no se respiran sino placeres. Los escollos de la virtud se multiplican, y parece que el templo de Venus se hubiera trasladado de Chipre a esta parte".

Y topando el nombre de Humboldt, es también conocido el caso de que al llegar a Quito aún era virgen y no había estado con mujer alguna, por lo que el hijo de su anfitrión, el joven Carlos de Montúfar y los amigos de este le llevaron a una casa detrás del Arco de Santo Domingo, en la que fue prácticamente violado por Antonia Pazmiño, una mujer en sus 40's y sumamente atractiva que poseía una tienda de abarrotes, y que al final resultó embarazada y dio a luz un niño después de que el sabio se marchó, al que puso Alejandro H. Pazmiño (algunos afirman que la H era por Humboldt).

En 1824, ya con el Ecuador como parte de la Gran Colombia, el médico francés Victorino Brandin decía sobre los habitantes de Quito que podían resumirse en tres palabras: vivacidad, vanidad y lujuria. Al respecto escribió en sus memorias: "la gente vulgar está paralizada por una flojera que la predomina, no hay vicio al que no se abandone. (...) Las enfermedades venéreas son comúnmente excesivas (...)".

Homosexualidad en el Quito colonial

Retrato de Alexander von Humboldt (1806).
El homosexualismo y el lesbianismo, cosa natural en la raza humana desde que comenzaron a andar por la tierra, también eran practicados en Quito como en cualquier otro lugar del planeta, y se podría decir que hasta cierto punto eran tolerados mientras no se dieran muestras públicas de ello, aunque las relaciones fueran un secreto a voces en la ciudad.

Uno de los casos mejor documentados lo constituye el de Rosa Hidalgo Benalcázar, una joven de 19 años que en la década de 1770 fue a convivir con Andrea Ayala en casa de un señor llamado Juan Salazar, y cuya relación era conocida por todos pero sólo fue repudiada públicamente tras una escena de celos en la que ambas se golpearon y una terminó con la cabeza rota.

Historia también conocida es la que implica nuevamente a Alexander von Humboldt con el joven Carlos de Montúfar, hijo del Marqués de Selva Alegre, con quien tuvo un romance durante su estadía en Quito en 1802, y que cuando decidieron viajar juntos a Perú y México causó los celos de Francisco José de Caldas. El asunto es que todos en la ciudad conocían de este caso y pocos lo repudiaron (al menos públicamente), e incluso mentían a las señoritas que se interesaban en el apuesto europeo de ojos azules, inventando historias para no romperles el corazón con la relación que este mantenía con Montúfar.

Los fandangos

Fandango de las clases populares en México (siglo XIX).
Otra evidencia de la poco curuchupa vida quiteña se encuentra en los fandangos, fiestas populares de las clases medias y bajas de toda América, pero que en Quito tomaban un aire viciado pues se bebía de más y se bailaba descaradamente hasta casi desfallecer.

Coletti describía estas celebraciones quiteñas, casi pecaminosas, de la siguiente manera: "(...) los bailes que se llaman fandangos ocupan a la gente baja y le conducen a tales excesos de torpeza que da horror sólo el nombrarlos".

Jorge Juan y Antonio de Ulloa, miembros españoles de la Misión Geodésica que visitó la Real Audienia entre 1736 y 1744, describieron en su libro "Noticias Secretas de América" sobre cómo eran los religiosos quienes se encargaban de ofrecer muchos de estos fandangos, incurriendo en inmensos gastos de vino, mistelas y aguardiente. Tanto fue así que en 1757, el obispo Juan Antonio Nieto dictaminó que las personas que asistieran a estas celebraciones serían excomulgadas, en particular si eran sacerdotes de esos que acostumbraban no llevar sotana, aún así se siguieron celebrando hasta mediados del siglo XIX.

En 1767 el sacerdote jesuita Mario Cicala también escribió, ya tras la expulsión de su orden de todos los territorios españoles, sobre esta costumbre quiteña de los fandangos: "No saben ni usan bailes serios de minuetos, ni danzas honestas (...) El baile universal y de todas las clases sociales, sin excepción de las más respetables, es el que se llama fandango o fandanguillo: confuso, sin orden, sin arte, sin simetría, entre mujeres y hombres (...) malo y escandaloso".

La fiesta y el baile del fandango en sí mismo eran una verdadera afrenta a la moralidad y las buenas costumbres religiosas y sociales en Europa, y aún así estaba más que extendido también en Latacunga, Riobamba, Ambato y otras tantas ciudades de América como México, aunque eso sí, con menores excesos y escándalos que en Quito.

Conclusión

Estas afrentas a lo que la época consideraba buenas costumbres, fueron disminuyendo a partir de los primeros movimientos independentistas, que mermaron no solo la población quiteña sino también su entusiasmo, dinero y sobre todo libertad, pues a partir de los sucesos de 1809 las autoridades españolas comenzaron a ser mucho más represoras.

Ya para mediados del siglo XIX, con la consolidación de la República y sobre todo un fortalecimiento del poder clerical en el Estado y la vida cotidiana (promovida por presidentes como Gabriel García Moreno), Quito se fue convirtiendo paulatinamente en la ciudad ahora sí curuchupa que recordaban los abuelos, pero que poco tenía que ver con la de siglos anteriores.

Finalmente, como hemos podido analizar mediante todo lo expuesto, y en particular durante el periodo colonial de los siglos XVII a inicios del XIX, Quito no fue la ciudad curuchupa que nos han pintado tradicionalmente, sino más bien un pecaminoso oasis en medio de la estricta moralidad impuesta por las leyes españolas y la Iglesia católica, tumbando al suelo aquel mito de una vez por todas.


Referencias

  • Núñez Sánchez, Jorge (2007). "Historias del país de Quito", páginas 69-84. Quito: Editorial Eskeletra, segunda edición. ISBN 9978-16-015-2.
  • Jurado Noboa, Fernando (2009). "Ensayo sobre el Chulla quiteño, 1700-2009", páginas 48-51, 53, 56, 74. Quito: Quimera Dreams Editores, cuarta edición. ISBN 978-9942-02-692-7.
  • Páez, María (1996). "Quito según los extranjeros: la ciudad, su paisaje, sus gentes y costumbres observadas por los visitantes extranjeros (siglos XVI-XX)". Quito: Centro de Estudios Felipe Guamán Poma,
  • Romero, Ximena (2003). "Quito en los ojos de los viajeros: el siglo de la Ilustración". Quito: Editorial Abya-Yala. ISBN 9978-04-572-4.