miércoles, 23 de marzo de 2016

¿Quién sería el Marqués de Villa de Orellana?


Armas del Marquesado.
¿Alguna vez se han preguntado qué sería si los títulos nobiliarios hubiésen continuado en Ecuador? Pues es por todos bien sabido que tras la independencia de la Gran Colombia, de la que nuestro país formó parte entre 1822 y 1830, se suprimieron todos los privilegios nobiliarios que había otorgado España a los hombres y mujeres de estas tierras.

Sin embargo, siempre queda la interrogante de cuál hubiera sido el destino de algunos pocos ecuatorianos (en este caso particular, quiteños) si estas leyes no se publicaban, y de alguna manera se mantenía la línea sucesoria formal de herencia de los condados y marquesados que existieron en la Real Audiencia de Quito.

Este primer artículo se refiere a la línea hereditaria formal del Marquesado de Villa Orellana, un título que tras su desaparición en Ecuador, fue rehabilitado en 1924 por el rey Alfonso XIII en la persona del español Jaime Díaz de Rivera y Figueroa, que manifestaba ser descendiente de uno de los tíos del primer marqués.

A continuación la lista de los marquese reales y los que debieron serlo de haber continuado con la línea genealógica principal:

  • Clemente Sánchez de Orellana, primer marqués de Villa de Orellana (Cuenca, abril de 1707 - Quito, 15 de febrero de 1782), primer titular del marquesado y vizconde previo de Antizana según real cédula del 6 de febrero de 1756. Casado el 8 de septiembre de 1733 con Antonia Agustina Javiera Chiriboga y Daza (Quito, marzo de 1715 - ibídem, 14 de abril de 1790). Tuvieron cinco hijos: Jacinto (1747-1815), María Josefa (1748-1782), Joaquín (1751-1827), Juana (?-?) y Micaela (1754-?).
  • Jacinto Sánchez de Orellana y Chiriboga-Daza, segundo marqués de Villa de Orellana (Quito, 1747 - ibídem, 21 de junio de 1815). Casado con Antonia Cabezas y Burbano de Lara (Quito, 1747 - ibídem, ?). Tuvieron un hijo: José (?-?).
  • José Sánchez de Orellana y Cabezas-Burbano de Lara, tercer marqués de Villa de Orellana (?-?). Casado con Mercedes Carrión y Palacio-Escudero (Quito, 1796 - ibídem, ?). Tuvieron tres hijos: José Jacinto (1812-?), Antonia (?-?) y María del Carmen (?-?).
  • José Jacinto Sánchez de Orellana y Carrión, cuarto marqués de Villa de Orellana (Quito, 1812 - ibídem, ?), que se convierte en el último reclamante legal del título en tierras quitenses, pues en adelante las leyes de la Gran Colombia y el Ecuador no permitirían el uso de títulos nobiliarios. Casado con María Dolores Francisca de Quijano y Chiriboga-Villavicencio (Quito, 30 de mayo de 1818 - ibídem, 27 de julio de 1889). Tuvieron dos hijos: Olimpia (1841-?) y José Benigno (1848-1894).
  • José Benigno Sánchez de Orellana y Quijano, quinto marqués de Villa de Orellana (Quito, 1848 - ibídem, 1894). Casado el 31 de diciembre de 1867 con Zoila Dorinda Rosario de Bustamante y Andrade (Cuenca, 1852 - Quito, ?). Tuvieron tres hijos: Carmen (?-?), Rosa (?-?) y Jacinto (1873-1930).
  • Jacinto Sánchez -de Orellana- Bustamante, sexto marqués de Villa de Orellana (Quito, 1873 - ibídem, 1930), que deja de usar el apellido completo, dajando solamente "Sánchez" y suprimiendo "de Orellana". Casado el 16 de julio de 1894 con Josefina Vásconez Borja (Quito, 1875 - ibídem, 28 de agosto de 1944). Tuvieron siete hijos: Josefina (1895-1915), Carlota (?-?), José Benigno (1905-1960), Rosario (?-?), Alberto Ignacio (?-?), Jacinto Alfredo (?-?) y Josefa (?-?).
  • José Benigno Sánchez -de Orellana- Vásconez, séptimo marqués de Villa de Orellana (Quito, 1905 - ibídem, 18 de marzo de 1960). Casado en 1938 con Rosa María Ávila Mosquera. Sin descendencia.
  • Alberto Ignacio Sánchez -de Orellana- Vásconez, octavo marqués de Villa de Orellana. (?-?). Casado con María Teresa Acosta Villavicencio. Sin descendencia.
  • Jacinto Alfredo Sánchez -de Orellana- Vásconez, noveno marqués de Villa de Orellana (?-?). Casado con Rosa Zambrano Álvarez (?-?). Tuvieron cuatro hijos: NN -mujer- (?), Francisco José (1950), María Dolores (1954) y María del Pilar (?).
  • Francisco José Sánchez -de Orellana- Zambrano, décimo marqués de Villa de Orellana (Quito, 4 de octubre de 1950). Casado con Pilar Mera Espinoza. Tienen tres hijos: Pilar (1977), Macarena (1979) y Francisco (1984).

Referencias


Puembo y Pifo, las parroquias que nacieron de una hacienda nobiliaria

Ubicación de las parroquias Puembo y Pifo en el Distrito Metropolitano de Quito (izquierda). Y panorámica del sector del puente del río Chiche, que aunque perteneció a otra, era parte del camino hacia la Hacienda Puembo (derecha).

En 1535 Francisco Pizarro otorga al capitán Francisco Ruiz, uno de los fundadores de Quito, una encomienda que abarcaba los sectores de Puembo y Pifo, en donde vivían indígenas de diferentes etnias que estarían a su cargo para la cristianización. Para 1545, cuando se erigió la Diócesis católica de Quito, Puembo ya era una parroquia eclesiástica a la que también pertenecía Pifo.

A finales del siglo XVI e inicios del XVII, las tierras a las afueras de estos dos pueblos indígenas fueron vendidas u otorgadas por concesión a diferentes personas avencindadas en la ciudad de Quito. El 17 de julio de 1688 fue adquirida en remate una de las haciendas más grandes de la zona, que llevaba justamente el nombre de Puembo y había pertenecido al difunto capitán Juan Pérez Infante,. El nuevo propietario era el primer conde de Selva Florida, Manuel Ponce de León y Castillejo, que pagó la suma de 34 mil pesos.

En 1706 pasó a manos del segundo conde, Diego Ponce de León Castillejo, y en 1729 la heredó su hermano Juan Ponce de León Castillejo, que se convertiría también en el tercer conde de Selva Florida. A la muerte del anterior, la propiedad pasaría a manos de su hija Micaela Ponce de León Castillejo, cuarta condesa de Selva Florida, y madre de los Guerrero-Ponce de León, que terminarían perdiendo el título nobiliario por no pagar las lanzas y anatas correspondientes que debían por años a la Corona española.

Para 1747 la extensa propiedad, en la que además de las labores agropecuarias tradicionales existía un obraje que producía telas y bayetas, pertenecía a Manuel Guerrero y Ponce de León, hijo de la última condesa de Selva Florida, que aportó con esta y otras haciendas (Palugo, Itulcachi, Chambo y Pungalá) al contrato de su matrimonio con Mariana Sánchez de Orellana y Rada, que en 1791 se convertiría en la quinta marquesa de Solanda tras las sucesivas muertes de sus hermanos varones.

El matrimonio Guerrero-Sánchez de Orellana no tuvo descendencia, por lo que el Marquesado de Solanda fue heredado de acuerdo a las leyes de sucesión por su pariente más próximo (Felipe Carcelén de Guevara y Sánchez de Orellana) y, debido a que el antiguo condado de Selva Florida ya no contaba con un mayorazgo que vinculara las propiedades familiares, es probable que las haciendas hayan sido vendidas posteriormente a la muerte de ambos.

Tras el deceso de Mariana Sánchez de Orellana y Rada, acaecido el 30 de enero de 1803, quizá la hacienda fue adquirida por su pariente Jacinto Sánchez de Orellana y Chiriboga-Daza, quien había heredado el marquesado de Villa de Orellana. Se conoce que este Marqués pasó en la propiedad sus últimos años aquejado de la enfermedad conocida como gota; aunque finalmente fallecería el 21 de junio de 1815 en su mansión del Centro Histórico, para después ser enterrado en las bóvedas del convento de La Merced.

La hacienda pasó entonces a manos del tercer marqués de Villa de Orellana, José Sánchez de Orellana y Cabezas-Burbano, que estaba casado con Mercedes Carrión. Posteriormente la hacienda fue heredada por la tercera y última hija del Marqués, llamada María del Carmen Sánchez de Orellana y Carrión, que en 1837 contrajo nupcias con Agustín Bustamante del Mazo, que por su lado era descendiente materno-materno de una tía de la heroína libertaria Manuela Sáenz de Vergara y Aizpuru.

A finales del siglo XIX la hacienda sufrió su primera separación, pues fue repartida entre los cuatro hijos Bustamante-Sánchez de Orellana: Mariano, Rafael, Agustín y Juan Pablo, tomando la más grande el nombre de Palugo. Finalmente, y como sucedió con los grandes latifundios serranos a lo largo del siglo XX, lo que quedaba de la propiedad repartida se fue desmembrando primero en quintas de veraneo (de las cuáles aún subsisten muchas) y después en parcelas más pequeñas que se fueron lotizando y formando modernas urbanizaciones y caseríos.

Referencias


jueves, 17 de marzo de 2016

Ponceano y la hacienda de Manuela Cañizares

Panorámica del sector de Ponceano Alto, hacia el norte, sobre la avenida Diego de Vásquez (izquierda).
Ubicación de la parroquia Ponceano dentro de la división política de la ciudad de Quito (derecha).

Pocos conocen que la actual parroquia de Ponceano, ubicada al extremo nororiental de Quito, está formada en gran parte por las tierras de una antigua hacienda que perteneció a Manuela Cañizares y Álvarez, destacada prócer quiteña del Primer Grito de Independencia en 1809.

Cañizares había adquirido la hacienda en 1805 a Gregroria Salazar, y pagó por ella la cantidad de 800 pesos. La propiedad incluía tierras de labranza de trigo, de ganadería, unas pocas cabezas de ganado, herramientas para el trabajo del campo y una casa con techo de teja.

La hacienda tenía como límites el camino a Pomasqui por el occidente, el pueblo de Carretas por el oriente, y las propiedades de Francisco Mendoza y Joseph Montero por el norte y sur.

Desde que la compró, Manuela decidió mantener la hacienda en arrendamiento a Pedro Calderón, que pagaba 151 pesos anuales por su uso y mantuvo el contrato incluso con la dueña posterior. Cañizares nombraría la hacienda entre las propiedades que poseía cuando testó el 15 de diciembre de 1814, pero la vendió en 1815 a Josefa Cáceres, que pagó 1950 pesos por ella.

Referencias

  • Guerra, Manuel Patricio (2000). "La Cofradía de la Virgen del Pilar de Zaragoza de Quito", página 71. Quito: Ediciones Abya-Yala. ISBN 9978-04-636-4.
  • De Guzmán Polanco, Manuel (2006). "Manuela Cañizares, la heroína de la Independencia del Ecuador", primera edición. Quito: Comisión Nacional Permanente de Conmemoraciones Cívicas. ISBN 9978-45-199-4.

miércoles, 16 de marzo de 2016

¿El verdadero rostro de Manuela Sáenz?



Para hoy, una curiosidad histórica que nos plantea interrogantes sobre la apariencia de la quiteña más universal que existe: doña Manuela Sáenz de Vergara y Aizpuru, conocida por ser la compañera del libertador Simón Bolívar, a quien una noche salvó de la muerte en el Palacio de San Carlos, en Bogotá.

Y es que navegando por la web nos encontramos con este retrato sobre marfil y poco conocido de la destacada coronela del ejército independentista, obviamente arreglada con traje de corte (como se llamaba a los vestidos de gala y muy escotados), alhajas y un peinado muy común en la alta sociedad de las décadas de 1810 y 1820.

De inmediato vino a mi cabeza los trajes exhibidos en el Museo de Trajes de Bogotá, en el que se encuentran obviamente los vestidos de la Libertadora del Libertador, y uno de ellos en particular es tremendamente parecido (por no decir el mismo) con el que fue retratada en esa ocasión.

¿Es entonces este, un retrato fidedigno de la joven Manuela, el verdadero rostro de nuestra valiente quiteña?, se lo dejamos a su criterio.

Peinados de las quiteñas del siglo XIX


Los peinados de las damas quiteñas a finales del siglo XIX se volvieron cada vez más elaborados que en épocas anteriores, pero sobre todo más comunes. Si bien entre los siglos XVII y XVIII también se acostumbraba llevar el cabello caprichosamente recogido y adornado con joyas, esto era únicamente para ocasiones especiales como bailes y festejos públicos, pues el resto del tiempo las damas se cubrían casi totalmente con mantillas o chales.

Sin embargo, para finales del siglo XIX, tras la marcada influencia en la moda que tuvieron mujeres como Marieta de Veintemilla o la Baronesa Wilson, las jóvenes de la ciudad volvieron sus ojos a la naciente industria de la moda europea, y con ello también a las tendencias de peinarse y adornarse el cabello diariamente, de manera exagerada en opinión de las generaciones más viejas.

Una joven del decimonónico en edad casamentera no salía a la calle sin lucir impecable, y como el peinado podía tardar entre dos a cuatro horas para estar listo, generalmente se lo hacían las criadas el fin de semana, y dormían casi sentadas para así conservarlo por varios días, de manera que sólo necesitaba unos retoques de pocos minutos en la mañana.

A lo anteriormente mencionado, hay que agregar que los peinados podían mantenerse varios días gracias a que la costumbre de bañarse no era precisamente una costumbre en el estricto sentido de la palabra, sino más bien una actividad que se realizaba una vez al mes o, en el mejor de los casos, una cada quince días. Esta falta de aseo no era exclusiva de Quito en aquella época, pues se conoce ampliamente que desde 1854 la adolescente emperatriz austríaca Sissi, por ejemplo, causó revuelo en su suegra (la archiduquesa Sofía) y todas las damas de la corte vienesa con su costumbre de tomar baños casi diarios.

En la imagen, y en el sentido de las agujas del reloj: las señoritas Bustamante, Gangotena, Villagómez y Jijón. Todas cerca de 1870, Archivo Leibniz-Institut für Länderkunde (Leipzig, Alemania), Fondo Nacional de Fotografía del Instituto Nacional de Patrimonio Cultural.